viernes, 6 de junio de 2008

Cuento: Gatos eran los de antes. Graciela Cabal

En el barrio de San Cristóbal era cosa sabida: Flor, la gatita de tres colores, era una gatita muy de su casa.
—¡Nada de andar por ahí, callejeando! ¡Mirá que se va a enterar tu padre! —le repetía su mamá
Pero no era necesario. Porque a Florcita, la calle... ni fu ni fa. Además ella a su papá no le tenía miedo. Entre otras cosas porque apenas si lo había visto una que otra vez. Sabía, eso sí, que su papá era un gato muy renombrado y muy valiente, que se había animado a entrar a la casa el día que Florcita nació y que le había traído de regalo una lauchita a cuerda. “Vengo a ver a mi hija”, dicen que dijo aquella noche, mientras asomaba su enorme cabezota amarilla por la puerta del patio.
Pero esa era historia pasada.
La cuestión es que Florcita a su papá no le tenía ni un poquito de miedo.
“Pero, por otra parte”, pensaba Florcita, “¿para qué voy a ir a la calle? ¿,En la casa no tengo todos los días mi leche tibia? ¿No tengo mi almohadón peludo, justo al lado de la ventana? Y sobre todo, ¿en la casa no la tengo a mi mamá? Sí señor: Todo lo que necesito en la vida lo tengo en la casa”.

Cacique era un gato callejero. El más bravo de todos los gatos bravos del mercado de Pichincha. Por algo era Cacique, el Jefe.
Y aunque Cacique era blanco, y aunque jamás hablara de su vida privada, se sabía de buena fuente que era hijo del Viudo, un gato negro y pendenciero que había llegado del Parque de los Patricios.
¡De tal palo, tal astilla! —decían las gatas cuando lo veían pasar a Cacique, rengo y magullado, después de alguna gresca.
Cacique comía salteado y ya ni se acordaba del gusto de la leche. Pero eso a él lo tenía sin cuidado. Porque Cacique no había nacido para la vida regalada. Él había nacido para el peligro y la aventura. Y el peligro y la aventura sólo se encuentran en la calle.
Estaba escrito que, tarde o temprano, Cacique y Flor se conocerían. Porque a Cacique le gustaba recorrer, una y otra vez, las calles del barrio.
Y porque Florcita se pasaba las horas mirando por la ventana de la casa.
Fue un amor a primera vista, un verdadero flechazo.


Y los amores a primera vista —dicen— cambian mucho la vida de los gatos.
Florcita ya no se interesaba por su laucha a cuerda.
—¡Quiero ver una laucha de verdad! —le había gritado a su mamá, que la miró asustada.
Florcita ya no se conformaba con mirar la calle desde la ventana. Y cada día tenía los ojos más verdes y más brillantes.
Es que, ya se sabe: el amor envalentona mucho a las gatitas de su casa.
Cacique también andaba con el paso cambiado. Ya no encontraba ninguna diversión en perseguir a los gatos del baldío. Ya no le gustaba revolver los tachos de la basura. Y varias veces, casi sin darse cuenta, había ronroneado mientras se restregaba contra las piernas de Don Victorio, el carnicero.
Los gatos del mercado Pichincha lo miraban de reojo a Cacique. Y hacían sus comentarios entre dientes.
Es que, ya se sabe: el amor les cambia el paso a los gatos callejeros.
Un día el mercado de Pichincha se conmovió con la noticia: esa misma noche, Sultán y su pandilla vendrían al barrio, a buscar pelea.
¡¡Sultán!! ¡¡El gran Sultán, el rey del Once!!

Un escalofrío recorrió el espinazo de todos los gatos del mercado. De todos menos de Cacique, que últimamente siempre andaba como en otra cosa.
Los gatos del mercado se miraron muy preocupados. “¡Qué papelón!”, se decían unos a otros. “Justo ahora que el Jefe anda más blandito que un flan”.
“¿Qué van a decir, cuando se enteren, los gatos de Constitución...? ¿¡Y los de la Boca!?”
Cuando Sultán y su pandilla llegaron al mercado, todo el gaterío de San Cristóbal se acomodó para no perderse ni un detalle.
Entonces Sultán, que era un gato bastante leído y con pretensiones de actor, alzó bien la voz, como para que todos lo oyeran, y recitó:
—¡Andan por ahí diciendo que en San Cristóbal hay uno con fama de guapo!
(Todos lo miraron, pero Cacique ni miau).
Y Sultán siguió adelante:
—¡Quiero encontrarlo para que me enseñe a mí, que soy un pobre gato del Once, lo que es un gato de coraje!
Cuando Cacique se dio cuenta de que todos lo miraban a él, como esperando algo, se quedó un rato sin saber qué hacer. Hasta que, de repente, pareció reaccionar y, acercándose a Sultán con la pata extendida, le dijo:
—¡Buenas noches, compañero! ¡Bienvenido al barrio!
Ante semejante recibimiento, el gran Sultán, muy sorprendido, preguntó con su voz de todos los días:
—¿Y a éste, qué bicho le picó?
Los gatos de San Cristóbal se tapaban la cara de vergüenza, mientras que los gatos del Once, sin poder aguantar la risa, lo miraban a Cacique y le hacían morisquetas.
Pero uno de San Cristóbal, al que le decían el Tuerto, no soportó tanta humillación y quiso salir en defensa del barrio:
—¡Digan que el Cacique anda en amores, que si no, ya iban a ver lo que es bueno!
Para qué habrá hablado.
Los del Once rodaban por el suelo de la risa. Y uno de los que más se reía era el gran Sultán.
—¡Jua, jua, jua! ¡Así que éste era el famoso Cacique! ¡Jua, jua, jua! ¡Y todo por una gatita de mala muerte! ¡Si gatitas es lo que sobra en este mundo! ¡Díganmelo a mí, que tengo 34 hijas mujeres! ¡Jua, jua, jua!
Pero la risa se le cortó de repente. Porque, abriéndose paso entre todos esos gatos peligrosísimos, despeinada y con los ojos más brillantes que nunca, avanzaba Flor, la gatita tan de su casa, que venía a rescatar a su Cacique de las garras del malvado gato del Once.
Sultán se erizó como si hubiera visto al Gato-Diablo. Pero después empezó a derretirse como un helado.
—¿A ver, papá! —se encrespó Florcita. Y los ojos, de la rabia, eran apenas dos rayitas verdes—. ¿Me podés aclarar qué tenés contra el Cacique, vos?
—¡Pero Florcita! ¡Mi hijita preferida! ¡Corazoncito de papá...!
Los gatos de San Cristóbal y los gatos del Once se miraron con desconsuelo.
—¡Es que ya no se puede creer en nada —se decían moviendo la cabeza—. ¡Gatos, lo que se dice gatos eran los de antes!
Y enfilaron todos juntos para el lado de Barracas.
Cacique y Flor empezaron a caminar despacito. Iban muy juntos y con las colas bien amarradas.
Un poco atrás venía Sultán. ¡Quién sabe qué ideas le daban vueltas y vueltas en su enorme cabezota amarilla!

martes, 8 de abril de 2008

Los libros son necesarios y amables

Porque los libros son capaces de curar heridas y de calmar dolores, de llorar con nosotros cuando estamos tristes y de reír con nuestras alegrías

LEAMOS, QUIZÁ NO SERÁ EN VANO

Entrevista a María Teresa Andruetto. Escritora Argentina

El Seminario de Literatura Infantil y Juvenil del PEB propone la lectura de esta entrevista.

1º- Algo que me sorprendió al acceder a su producción fue ver que entre unos textos y otros hay una gran diversidad de temáticas, de tratamiento de los temas, de estilo, y luego leí que Ud misma ha dicho lo importante que es "trabajar sobre todo contra la repetición de uno mismo... desde el constante desacomodo". ¿Qué otras premisas existen para Ud a la hora de escribir?

Esa sobre todo, la de ser honesta conmigo. Es decir: que la escritura sea -siga siendo- un camino de exploración y de conocimiento. Sobre esa verdad/honestidad de mirar o de mirarse, todo lo demás: lectura, imaginación, corrección/revisión del lenguaje, decantación, nuevas revisiones, etc. Sin esa verdad, nada.

Como bien decís, creo que hay en lo que escribo diversidad de temáticas y recursos, pero creo también que desde esa diversidad he estado/estoy buscando algo que apareciendo de diversas maneras, se sostiene de un libro a otro.

2º-Otra cosa que aparece en sus textos (pienso en "La mujer en cuestión", "Veladuras", "Stefano") es la multiplicidad de voces organizando la historia ¿Siente una necesidad de dar voz a quienes a veces no la tienen, a quienes se les niega el decir?

Siento necesidad de ser por un momento otra/o, tomar una voz que no es la mía, para decir de un modo que viniendo de un personaje es al mismo tiempo muy mío.

No sé si se trata siempre de los que no tienen voz socialmente hablando (personajes marginados o pobres), puede tratarse también de personajes que representan estratos sociales con poder o dinero o...

se trata más bien de la búsqueda de una verdad humana particular que por alguna razón pide ser escuchada.

3º- ¿De qué herramientas se vale cuando encara el tratamiento del dolor, presente en sus textos?

El dolor está/también el amor y aparecen. Yo lo que busco es dosificarlos. Cuidar mucho la forma con corrección, depuración, búsqueda de cierto ascetismo en el lenguaje, para que no sea excesivo, para que estando vivo en su verdad no se desborde, sea austero, pudoroso, porque en esa contención es, creo, más poderoso, desde el punto de vista de la escritura.

4º-En su tarea de re-escribir historias tradicionales, como en "Benjamino", ¿Siente que las narraciones que nos llegan de la tradición oral se han ido perdiendo?

Hay círculos, quizás más rurales, en los que los relatos de una cultura todavía tienen mucha fuerza y mucha capacidad de transmisión. Claro que para mantener viva esa tradición del relato hay que generar y sostener espacios de encuentro que entran en tensión con ciertos aspectos de la vida hoy. Y me parece muy valioso que esos espacios se generen en una comunidad. Pero es algo diferente a la reescritura de relatos tradicionales (como es el caso de Benjamino), en ese caso, si bien estamos alimentados por la tradición, se trata de un modo de escritura, un camino en el que el relato tradicional ha sido "domesticado", ha ganado tal vez en el lenguaje/en lo formal y ha perdido en el camino algo de esa fuerza que tiene el relato vivo de una cultura.

5º-Por último, si tuviera que proyectarse en el tiempo,¿qué temas siente que le gustaría abordar o, sobre qué le queda por escribir?

No podría decir temas, porque lo que se me aparece son imágenes o historias. Un hombre joven alza a un viejo que hace dedo en el camino, una familia se niega a vender su campo aun a costa de mantenerse en la pobreza, un chico ve una luz que no se apaga en el agua de una tina...en fin imágenes muy poderosas que vienen y se quedan y entonces yo quiero ver qué sucede ahí, entre esos personajes, en esos espacios. Mirando eso/ocupada de contar eso, aparecen los temas. Aparecen solos y son siempre más o menos los mismos: el dolor, el amor, los prejuicios, las traiciones, el asombro









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